martes, 13 de julio de 2010

Primeras páginas

La concepción, el desarrollo, la redacción y la publicación de esta novela que usted acaba de leer, no hubieran sido posibles sin las personas a las que cito a continuación. Soy consciente de que algunos de los nombrados hubieran preferido no ser citados y que otros no aceptarán mi agradecimiento. Sin embargo, todos los nominados han hecho realidad el Manual del Buscador de Oro y, puesto que es de bien nacidos ser bien agradecidos, vayan por ellos mis agradecimientos, sin ningún tipo de orden cronológico o alfabético para no ofender a unos ni ningunear a otros. Por otra parte, las cosas han sido como han sido y poco puedo hacer yo por cambiarlas.



El equipo de Ediciones Próxima, por todo el apoyo que de ellos he recibido.¹


¹José María López, Jefe de Redacción; Laura Fernández,
Responsable de Distribución, Juancho Calvino, Relaciones
Públicas y Ernesto Sanchidrián, Director. Al principio se
mostraron desconcertados ante el desarrollo de la novela.
López no quería ni oír hablar de su publicación, aduciendo
que Ediciones Próxima no podía dar pábulo a la historia de
un presidiario; yo creo que López tenía miedo de verse
envuelto en una trama de ayuda al delito y de dar cobijo a un
delincuente; en varias ocasiones expuso su punto de vista en
el que mezclaba sin orden ni concierto sus preferencias
literarias, la hipoteca de su piso, las letras del coche y la
cantidad de dinero que se gastaba en pañales mensualmente.
No llegaba a fin de mes. Ernesto Sanchidrián estaba aún más
tenso que López, porque dudaba de que Ediciones Próxima
llegara a fin de mes; le hacía falta un golpe de suerte para
reflotar la empresa y evitar un expediente de crisis. Le pidió a
su relaciones públicas, Juancho Calvino que airease entre la
prensa y los críticos que tenía en su poder un manuscrito que
podría ser la revelación literaria más importante en España
desde Bartleby y compañía. Juancho realizó su trabajo a la
perfección, mucho antes de que se tomase la decisión de
publicar el Manual del buscador de oro. Fue entonces cuando
López entrevió la posibilidad de vivir desahogadamente en
Colombia con unos cuantos millones de más. Laura
Fernández prometió una distribución eficaz que incluiría,
además de grandes superficies y librerías especializadas
reales y virtuales, gasolineras, supermercados de baja gama,
quioscos, el boca a boca , vendiendo al Círculo de Lectores
los derechos de la edición especial. Laura era mi contacto con
el mundo y en más de una ocasión me escondió en su propia
cama.


La señorita Marga Esplugues mecanografió el manuscrito, teniendo que descifrar mi difícil letra.²

² La señorita Esplugues corrigió además mis numerosas faltas
de ortografía y de gramática. Me mostró siempre con gran
delicadeza y profesionalidad todos mis errores. Marga se
encontraba en una difícil situación vital y este trabajo supuso
para ella la prueba de que su vida aún no se había acabado.
Cercana a la jubilación, estaba en plena depresión cuando la
conocí. Siempre se mostró de acuerdo con mi texto y, a pesar
de no poseer ni voz ni voto en Consejo de Redacción, intento
influir, sin mucho éxito, en mi favor. Me di cuenta de que se
había enamorado de mí y ello me supuso un espinoso
problema moral, pues la opción más fácil, mandarla a freír
espárragos, no me parecía la más justa. Lo cierto es que, con
tanto miramiento por mi parte, acabó por pensar que tenía
alguna chance conmigo, un prófugo de la justicia que nunca
dormía dos veces seguidas bajo el mismo techo (excepción
hecha del piso de Laura). Aunque se llevó una gran
decepción cuando supo quién era yo, siguió queriéndome en
secreto y hoy en día somos grandes amigos y confidentes. En
la actualidad es mi agente literaria.


El juez don Lorenzo Téllez puso todas las trabas que pudo a los recursos que mi defensa iba presentando en vista a concederme la libertad condicional. Pero es parte de mi vida y, aunque él no lo quiera, le muestro mi agradecimiento.³

³ Don Lorenzo me persiguió con saña cuando me escapé del
penal del Dueso a nado. Mandó a todos sus dóbermans en pos
mío. En particular, la presencia en la persecución del
inspector Otero me resultó francamente lesiva. De él escribiré
más adelante. En su momento, no pude recurrir a don
Lorenzo, por enemistad manifiesta; incomprensiblemente, el
CGPJ admitió que fuera el juez de mi caso a pesar de
mantener yo en aquellos momentos una conocida y nada
secreta relación con su segunda esposa. El juez se había
casado en segundas nupcias con su joven secretaria, Emma, a
la sazón alumna mía en la Escuela Oficial de Idiomas. Emma
vio la posibilidad de pegar un braguetazo de categoría sin que
ello fuera óbice para mantener intacta su independencia. Así
se lo propuso a don Lorenzo y éste, calladamente, aceptó, no
podía ser de otra forma si pretendía una mujer de bandera
para las recepciones. No contaba con que Emma, además de
bandera, también era pendón. La relación que mantuvo
conmigo la mantenía con cualquiera; mi mala suerte fue que
yo estaba encamándome con ella en la época de mi detención,
lo fue publicado por la prensa y quedó reflejado en el auto de
instrucción.

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